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Chile conectado, pero sin cables en la guitarra

Dr. Alex Ovalle Letelier

Historiador cultural y divulgador

En abril pasado se cumplieron 30 años de la aparición del disco Los Tres MTV Unplugged. Un disco histórico, según la crítica y el público, pero, sobre todo, por un legado que permite comprender algo del período histórico que atravesaba Chile en 1996. En un ambiente noticioso marcado por tragedias aéreas y espectaculares escapes en helicópteros, la música chilena encontraba nuevas formas de ganar visibilidad en los circuitos internacionales a través del registro fonográfico realizado el 14 de septiembre de 1995 en Miami, que trajo de vuelta a la cueca como carta de presentación. Y digo esto porque, hasta ese momento, buena parte de la juventud tenía una relación bastante distante con ella como pieza dilecta de nuestra música popular. Como dato no menor, el Unplugged de Los Tres destacó particularmente por el carácter acústico de su ejecución, en la que no se utilizó ningún instrumento enchufado.

La cueca formaba parte de la experiencia escolar y de las celebraciones costumbristas del dieciocho de septiembre, generalmente representada mediante una coreografía estructurada y una imagen tradicional de sus protagonistas: la china y el huaso, este último con corraleras, espuelas y manta de colores, elementos asociados a una determinada representación del mundo rural chileno. Durante la dictadura militar, el Decreto 23 de 1979 la declaró danza nacional, destacando entre sus fundamentos la “multiplicidad de sentimientos” que expresaba y su vinculación con el “ser nacional”.

Hacia mediados de la década de los noventa, poco sonaba en las radios más populares del dial. Tampoco era una referencia espontánea para quienes escuchaban reggae, hip hop, glam, heavy metal y, obviamente, el “grunge”, estilo estético y musical inmortalizado prolíficamente por bandas como Nirvana, Soundgarden, Pearl Jam o Alice in Chains, pero, sobre todo, por el canal de cable Music Television, a través de su programa Unplugged. Este consistía en poner a las bandas de rock más populares con guitarras acústicas en un concierto íntimo, cercano a su público más fiel.

Rápidamente y apenas se apuntaló la señal de MTV para América Latina, las bandas de rock en español tuvieron la posibilidad de emular a las de habla inglesa e hicieron gala, unas más, otras menos, de los sonidos propios de su geografía; utilizaron instrumentos folclóricos y cada una pudo mostrar algo de su propia mixtura de la gringuería rockanrolera con las voces y ritmos latinos. Para quienes me leen y nacieron después del año 2000, grabar el programa desenchufado era equivalente a hacer un Tiny Desk, pero, por ese entonces, estaba reservado a aquellos grupos musicales respaldados por los grandes sellos discográficos transnacionales.

Así es como el rock chileno arañaba como jaguar la escena artística latinoamericana, mientras que, en lo local, se desenvolvía en un país atravesado por la expansión del consumo, la televisión por cable y una creciente apertura hacia los circuitos culturales internacionales. Los Tres, integrados por Álvaro Henríquez, “Titae” Lindl, Ángel Parra y Pancho Molina, se convirtieron en embajadores de un país que ingresaba en esa masificación cultural previa a la revolución .com y que, paradójicamente, encontró una forma de presentarse al exterior recurriendo a sonidos profundamente locales. Como dije, se atrevieron a ofrecer dos cuecas: El Arrepentido y La Vida que yo he pasado, sumadas a una canción muy popular a inicios del siglo XX: ¿Quién es la que viene allí?, con un ritmo conocido años después como “jazz huachaca”. ¿Su autor? Roberto Parra Sandoval, hermano de Violeta Parra y tío abuelo del guitarrista de la banda penquista.

No se trataba de rescatar una música desaparecida, sino de hacerla circular por escenarios y ante públicos distintos. Hasta ese año de 1996, existía una escasa familiaridad de buena parte del público joven con ciertas expresiones de la música tradicional chilena. Resulta significativo que la canción ganadora de la competencia chilena del Festival de Viña fuera, paradojalmente, “La cueca tristona”, compuesta por el prematuramente fallecido Edson Guerrero e interpretada por otra integrante del clan Parra: Clarita. En palabras de Antonio Vodanovic, era una “melancólica interpretación del baile nacional que pierde alegría debido al olvido progresivo de nuestras raíces folclóricas”. Sin embargo, durante esa semana, Los Tres incluyeron en su repertorio para la misma cita festivalera la primera cueca que aparecería en el disco desenchufado, junto a “Mándame a quitar la vida”, del gran compositor Segundo “Guatón” Zamora; además, una versión gipsy jazz de su conocida canción La Primera Vez, dedicada por el vocalista de la banda a quienes cumplían condenas en el recientemente instalado penal de Punta Peuco.

Tres décadas más tarde, podemos dar cuenta de que la música chilena goza de una inmejorable salud. Las cuecas “choras” de Roberto Parra encontraron un lugar junto a las de raíz campesina, las cumbias, los boleros, las orquestas arrabaleras, los conjuntos de boites, las casas de remolienda, el rock y la canción romántica y urbana. Expresiones que, desde distintos orígenes y trayectorias, permiten observar una cultura popular mucho más diversa que aquella que durante largo tiempo tendió a representarse mediante imágenes más restringidas de lo nacional. Lo popular encontró así nuevas formas de reconocerse en ese ser nacional que, en estas fechas, festejamos como único e irrepetible.

A pesar de que siempre estuvo ahí, Chile se mantiene en ese juego de escalas entre tener un lugar en el exterior y mirarse a sí mismo para encontrar su destino en los interiores de la cultura de su gente. Todo esto es parte de un análisis mucho más profundo y complejo. Pero para estos efectos basta este girón de historia: aquel momento en que Chile se conectó al mundo, pero sin cables en la guitarra.

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