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Cuando el Desierto se Vuelve Verde: Cómo la IA y la Agricultura Vertical Están Salvando al Ganado de Ovalle

Escrito por François Rojo, cofundador de IMBERT

Recuerdo el día en que IMBERT dejó de ser una idea y se convirtió en una necesidad urgente. Era 2020, en pleno valle del Limarí, cuando un criancero en un video que circulaba en la red contaba entre lágrimas que había tenido que vender la mitad de sus cabras porque ya no tenía con qué alimentarlas. «El pasto se secó hace meses, el forraje está carísimo, y el agua llega solo una vez por semana», me dijo mientras miraba sus corrales medio vacíos. No fue el único. Decenas de agricultores y ganaderos de Ovalle enfrentaban la misma pesadilla: sacrificar animales que sus familias habían criado durante generaciones, no por enfermedad o vejez, sino simplemente porque la sequía había convertido la alimentación en un lujo inalcanzable.

Mientras tanto, mi abuela de 64 años seguía trabajando su terreno como lo había hecho toda su vida: cultivando por inundación, usando un asadón, dependiendo de lluvias que cada año llegaban menos. Verla agotarse bajo el sol, sabiendo que existían tecnologías que podrían hacer su trabajo más digno y eficiente, fue el impulso necesario. Si la agricultura tradicional estaba colapsando en la región más afectada por la sequía de Chile, necesitábamos urgentemente una forma completamente distinta de producir alimentos.

La Región Que Está Entre el Desierto y el Olvido

Ovalle y la Región de Coquimbo ocupan un lugar geográfico dramático: estamos literalmente en la frontera entre el desierto de Atacama —el más árido del planeta— y la zona agrícola del Chile Central. Durante décadas fuimos el granero de la región, exportando uvas, paltas, hortalizas. Pero la crisis climática nos golpeó antes y más fuerte que al resto del país. Hoy somos una de las 136 comunas chilenas declaradas en escasez hídrica, donde casi 24 mil personas dependen de camiones aljibe que reparten 50 litros de agua por día por persona. Cincuenta litros: apenas para beber, cocinar y asearse. Nada para regar. Nada para los animales.

Los agricultores tienen acceso a agua de canales de regadío una vez por semana si tienen suerte; en casos extremos, cada dos semanas. Embalses como Cogotí están al límite, ríos como el Hurtado se secan durante meses. Y mientras el agua desaparece, también lo hace la gente joven. La migración hacia La Serena, Coquimbo y Santiago ha dejado los campos en manos de adultos mayores —como mi abuela— que trabajan con técnicas ancestrales porque nunca tuvieron acceso a capacitación tecnológica. La brecha digital en zonas rurales es abismal: muchos recién aprendieron a usar WhatsApp en los últimos años, y conceptos como «agricultura de precisión» o «sensores IoT» les resultan completamente ajenos.

El escenario era desolador: sequía estructural, población envejecida, juventud migrando, técnicas agrícolas del siglo pasado. Si no cambiábamos radicalmente la forma de producir, Ovalle estaba condenado a convertirse en desierto habitado solo por recuerdos.

Cuando Tres Amigos Deciden Reinventarse: De Ingeniería ECODL a IMBERT

 La historia de IMBERT no comenzó en 2024. En realidad, comenzó años antes cuando tres amigos de Ovalle —Matías Pastén, Hugo Muñoz y yo, Francois Rojo— fundamos Ingeniería ECODL, una empresa de construcción que nació de nuestras ganas de trabajar juntos y aplicar lo que habíamos aprendido en nuestras carreras.

Matías, Ingeniero en Construcción, era el cerebro estructural del equipo. Entendía de materiales, resistencia, diseño de infraestructura. Hugo, Técnico en Energías Renovables y Electricidad, dominaba todo lo relacionado con sistemas eléctricos, paneles solares, automatización. Y yo, como Ingeniero en Telecomunicaciones, Conectividad y Redes, aportaba el lado de sensores, IoT, sistemas de comunicación y gestión de datos.

En Ingeniería ECODL hacíamos proyectos de construcción tradicional: casas, galpones, instalaciones eléctricas, sistemas fotovoltaicos. Pero en el fondo sentíamos que nuestro trabajo, aunque técnicamente sólido, no estaba generando el impacto que realmente queríamos.

Fue durante una conversación después de una jornada larga en obra cuando todo cambió. Hablábamos de cómo nuestras propias familias estaban sufriendo la sequía. Matías mencionó que su abuelo se levantaba muy temprano solo para activar el riego a 2km de distancia de su casa. Hugo contaba que en su experiencia trabajando en el sector rural el agua llegaba cada vez con más retraso. Yo les hablé de mi abuela y del criancero que lloraba por sus cabras.

Empezamos a investigar soluciones de agricultura eficiente en agua. Descubrimos la hidroponía, los invernaderos automatizados, el cultivo vertical. Y nos dimos cuenta de algo poderoso: teníamos exactamente las habilidades complementarias que se necesitaban para construir esto.

Matías podía diseñar la estructura de los invernaderos, calcular cargas, seleccionar materiales resistentes al clima desértico, y el diseño del sistema de riego. Hugo podía implementar los sistemas de energía solar, baterías, automatización eléctrica de bombas y válvulas. Yo podía desarrollar la red de sensores, la conectividad, la plataforma de gestión de datos y eventualmente la integración de IA.

No éramos agrónomos. No veníamos del mundo agrícola profesional. Pero éramos ingenieros prácticos de una región en crisis, con conocimiento técnico sólido y, sobre todo, con empatía profunda por quienes estaban sufriendo la sequía porque eran nuestras propias familias.

Así nació IMBERT. No como un pivot corporativo calculado, sino como tres amigos decidiendo usar sus habilidades para resolver el problema más urgente que veían a su alrededor.

La Ventaja del Equipo Multidisciplinario: Cuando 1+1+1 = 10

Uno de los factores más críticos en el éxito temprano de IMBERT fue que no dependíamos de contratar expertise externo para cada componente. Éramos un equipo autocontenido que podía iterar rápidamente porque cada uno dominaba su área.

Matías y el Diseño Estructural e Hidráulico:

Cuando diseñábamos los primeros prototipos de invernadero, Matías era quien resolvía preguntas como: ¿Qué perfil metálico soporta mejor el viento del valle sin encarecer excesivamente la estructura? ¿Cómo anclar los invernaderos en suelos semiáridos sin necesidad de fundaciones profundas? ¿Qué materiales de cubierta resisten mejor la radiación UV intensa del desierto? Y, además, ¿cómo diseñar un sistema de riego eficiente en terreno, definiendo tuberías, conexiones, válvulas, distribución y puntos de entrega, considerando presión, caudal y mantenimiento?

Su formación en construcción nos permitió crear soluciones que no solo funcionaban en papel, sino que se podían construir e implementar eficientemente en terreno, con materiales disponibles localmente y mano de obra local. No estábamos importando diseños de invernaderos holandeses que requerían componentes imposibles de conseguir en Ovalle; estábamos adaptando ingeniería práctica a las condiciones específicas de nuestra región, incluyendo la infraestructura de agua y riego.

Además, Matías entendía de planificación de obra, gestión de proveedores y logística de construcción. Cuando comenzamos a escalar las instalaciones, su capacidad para coordinar múltiples proyectos simultáneos, negociar con proveedores de materiales, y formar equipos de instalación fue fundamental para asegurar calidad y consistencia en cada despliegue.

Hugo y la Autonomía Energética:

Los invernaderos inteligentes consumen electricidad: bombas de riego, ventiladores, sensores, iluminación LED para ciertas fases de cultivo, sistemas de comunicación. En zonas urbanas eso no es problema; se conectan a la red eléctrica. Pero muchos de nuestros clientes objetivo estaban en sectores rurales donde la red eléctrica era inestable o directamente inexistente.

Hugo resolvió ese obstáculo con sistemas fotovoltaicos autónomos diseñados específicamente para cada invernadero. Calculaba la demanda energética diaria, dimensionaba paneles solares según radiación disponible en Ovalle (que es abundante), seleccionaba baterías con capacidad para operar 3-4 días sin sol, e implementaba controladores de carga inteligentes.

Su conocimiento en electricidad también fue crucial para la seguridad. Trabajar con agua y electricidad en ambientes cerrados requiere protocolos estrictos. Hugo implementó sistemas de tierra, protecciones diferenciales, cableado resistente a humedad, todo certificado según normativa chilena.

François y la Inteligencia del Sistema:

Mi rol era convertir hardware (estructura + electricidad) en un sistema inteligente y conectado. Diseñé la arquitectura de sensores: qué medir, dónde ubicarlos, cómo transmitir datos. Implementé la red de comunicación entre sensores, microcontroladores (Arduino, Raspberry Pi), servidor local y nube.

Desarrollé los primeros algoritmos de control automatizado: «Si humedad de sustrato < 30%, activar riego durante X minutos. Si temperatura interna > 35°C, activar ventiladores. Si nivel de tanque de agua < 20%, enviar alerta urgente.»

Mi formación en redes fue crítica cuando enfrentamos el desafío de conectividad irregular. Diseñé sistemas híbridos donde el invernadero podía operar en modo offline (edge computing local) y sincronizar datos cuando había señal, sin perder capacidad de automatización básica.

La Magia de la Complementariedad:

Lo que hacía poderoso al equipo no era solo que cada uno sabía su área, sino que nos entendíamos profundamente después de años de trabajar juntos en Ingeniería ECODL. Hablábamos el mismo idioma. Confiábamos en el criterio del otro. No perdíamos tiempo en reuniones eternas explicando lo obvio.

Cuando Matías proponía cambiar la estructura de los niveles de cultivo para mejorar estabilidad, Hugo ya sabía cómo afectaría eso al cableado eléctrico y yo anticipaba cómo ajustar la ubicación de sensores. Iterábamos en tiempo real, en terreno, sin necesidad de consultores externos ni procesos burocráticos.

Esa agilidad nos permitió pasar de idea a prototipo funcional en meses, no años. Y cuando ese prototipo falló (porque los primeros siempre fallan), pudimos diagnosticar y corregir rápidamente porque cada uno entendía su sistema y cómo se integraba con el resto.

Éramos literalmente tres amigos de Ovalle que se conocían desde hace años, confiaban plenamente el uno en el otro, y decidieron apostar todo a resolver un problema que les dolía personalmente. Esa combinación de habilidades técnicas complementarias + confianza personal + motivación emocional genuina fue el combustible inicial de IMBERT.

Hay una verdad incómoda que pocas startups tecnológicas admiten públicamente: nadie sabe todo lo que necesita saber cuando empieza. Cuando diseñamos el primer prototipo de IMBERT en 2020, mi formación como Ingeniero en Telecomunicaciones me daba una base sólida en redes, sensores y sistemas de comunicación. Pero programación avanzada, machine learning, y mucho menos integración de modelos de IA conversacionales como Claude, eran territorios completamente nuevos para mí. No teniamos presupuesto para contratar un científico de datos o un desarrollador senior de IA. No podíamos esperar meses tomando cursos universitarios formales mientras los crianceros seguían sacrificando cabras. Así que hice lo único que podía hacer: aprender sobre la marcha, todos los días, con la urgencia del que sabe que cada semana que pasa sin solución es una familia más que abandona su tierra. Pasé noches enteras en YouTube viendo tutoriales de Python, documentación de programación de apps que apenas entendía, foros de Stack Overflow tratando de descifrar por qué mis sensores perdían conexión cada dos horas. Cuando empecé a integrar Claude de Anthropic, leí la documentación completa, experimenté con cientos de prompts fallidos, ¿y aprendí ingeniería de contexto literalmente por ensayo y error hasta que el agente finalmente entendía preguntas como qué temperatura hay en el invernadero?».

El autodidactismo no fue una elección aspiracional de emprendedor motivado; fue pura necesidad de supervivencia del proyecto. No teníamos el lujo de esperar a dominar perfectamente una tecnología antes de implementarla. Teníamos que aprender lo suficiente para hacerla funcionar, iterar cuando fallaba, y seguir aprendiendo en paralelo. Esa mentalidad de «aprender haciendo» se convirtió en el ADN de IMBERT: si necesitamos una capacidad nueva (almacenamiento en caché para zonas sin internet, integración con APIs de clima, optimización de consumo energético), no buscamos al experto perfecto que nos la resuelva; investigamos, experimentamos, rompemos cosas, las arreglamos, y eventualmente funciona. Y lo más valioso de ese proceso es que me permitió diseñar tecnología verdaderamente accesible, porque yo mismo estaba aprendiendo desde cero, cometiendo los mismos errores que cometería un agricultor usando el sistema por primera vez. Cada vez que me frustraba con una interfaz confusa de una librería de Python, pensaba: «Si esto me cuesta a mí que soy ingeniero, imagina a Don Manuel de 65 años». Esa empatía nacida de mi propia curva de aprendizaje brutal me obligó a simplificar, a hacer invisible la complejidad, a construir sistemas que cualquiera pudiera usar sin necesidad de entender qué pasaba detrás. El autodidactismo no solo me dio las habilidades técnicas que el proyecto necesitaba; me dio la perspectiva humana que lo hizo adoptable por quienes realmente lo necesitaban.

Forraje Verde en 15 Días: El Nacimiento de IMBERT

La primera solución que desarrollamos fue casi obvia en su simplicidad: si no hay pasto en el campo y el forraje comercial es prohibitivo, ¿por qué no producirlo nosotros mismos usando una fracción del agua que requiere la agricultura tradicional? Así nació el primer prototipo de IMBERT en 2024: un invernadero inteligente automatizado para producción de forraje hidropónico.

El concepto era revolucionario para nuestra región, aunque la tecnología existía hace décadas: sembrar semillas de maíz o trigo en bandejas con sustrato mínimo, regarlas con precisión mediante sistema automatizado, y en solo 15 días tener forraje verde de alta calidad nutricional listo para alimentar cabras, ovejas o vacas. La eficiencia hídrica era brutal: se consume hasta 90% menos agua que el cultivo tradicional de alfalfa o pastoreo. No dependíamos de lluvia, ni de agua de canales, ni de suerte climática. Solo de un sistema cerrado que reciclaba cada gota.

Instalamos el primer prototipo en un terreno familiar. Los resultados superaron nuestras expectativas: en una semana teníamos bandejas repletas de forraje verde vibrante, jugoso, nutritivo. lo más importante: los costos de alimentación se desplomaban. Un criancero que gastaba $300 mil pesos mensuales comprando forraje externo ahora invertía $80 mil en semillas y energía para producir el suyo propio.

De Emergencia Ganadera a Revolución Agrícola: Los Microgerminados

En 2023, mientras consolidábamos la producción de forraje, nos planteamos una pregunta que cambiaría el rumbo del proyecto: «Si pueden hacer crecer pasto en 15 días con esta tecnología, ¿podrían producir microgerminados para consumo humano?»

Los microgerminados —brotes jóvenes de semillas comestibles cosechados a los 7-12 días— son considerados un «superfood» en mercados urbanos: concentran nutrientes hasta 40 veces más que la planta madura, tienen demanda creciente en restaurantes gourmet, tiendas saludables y ferias orgánicas, y alcanzan precios premium ($8,000-$15,000 por kilo versus $600-$1,000 del forraje). Además, muchos agricultores locales ya conocían las semillas: linaza, chía, amaranto, lentejas, las mismas que tradicionalmente se cultivaban en Ovalle antes de la sequía.

Adaptamos los invernaderos inteligentes para cultivo vertical especializado. Si con forraje usábamos 3-4 niveles de bandejas, con microgerminados podíamos apilar hasta 5 niveles aprovechando la altura. En los mismos 10 metros cuadrados de superficie, multiplicábamos la producción por seis. Y el valor comercial es incomparablemente superior.

Los primeros cultivos fueron de linaza y chía. A los 10 días teníamos bandejas rebosantes de brotes verdes intensos, crujientes, de sabor suave.

Habíamos descubierto algo poderoso: la misma tecnología que salvaba ganado podía generar ingresos significativamente mayores produciendo alimentos de alto valor para humanos. No era una cosa o la otra; era un ecosistema productivo diversificado donde cada agricultor podía elegir su combinación según su mercado: 70% forraje para autoconsumo ganadero y 30% microgerminados para venta, o 100% microgerminados si estaba cerca de centros urbanos, o incluir hortalizas de hoja como lechugas hidropónicas.

La agricultura vertical dejaba de ser un concepto futurista de Silicon Valley y se convertía en realidad tangible en el valle del Limarí.

El Cerebro del Sistema: Inteligencia Artificial Que Habla Como Agricultor

Teníamos invernaderos funcionando, cultivos validados. Pero enfrentábamos un obstáculo crítico: la complejidad operativa. Manejar un sistema hidropónico requiere conocimientos de agronomía, química del agua, control climático, timing exacto de cosecha. Y nuestros usuarios principales —agricultores mayores de 60 años con educación básica— no tenían ese background técnico ni tiempo para aprenderlo desde cero.

Necesitábamos que la tecnología se adaptara a ellos, no al revés. Ahí fue donde integramos inteligencia artificial conversacional basada en Claude de Anthropic.

La lógica era simple pero poderosa: en lugar de que un agricultor tuviera que interpretar gráficos de sensores, métricas de pH del agua o tablas de nutrientes, podía simplemente preguntarle al sistema en lenguaje cotidiano. «¿Cuándo cosecho las lentejas?» → El agente IA revisa el ciclo de cultivo, las condiciones actuales, y responde: «En 3 días más. Te avisaré cuando estén listas. ¿Quieres que te muestre cómo se ven ahora?» Y envía una foto del cultivo con indicadores visuales.

O un criancero pregunta: «Mis cabras no están comiendo bien el forraje, ¿qué pasa?» → La IA solicita una foto del forraje, analiza textura y color, consulta los registros de riego y temperatura, y diagnostica: «El forraje está demasiado maduro, pasó 2 días del punto óptimo. Las cabras prefieren brotes más tiernos. La próxima cosecha será en 5 días, te avisaré 1 día antes para que no pase de nuevo.»

No es magia; es ingeniería de prompts cuidadosamente diseñada combinada con datos reales de sensores. Pero para un agricultor acostumbrado a tomar decisiones por intuición o tradición oral, tener un «agrónomo digital» disponible 24/7 en su teléfono, que habla español chileno y nunca lo hace sentir ignorante, era transformador.

La IA también gestiona el recurso más crítico: el agua. Sensores distribuidos en sustrato, tanques de almacenamiento, ambiente interior y exterior alimentan datos constantemente. El agente predictivo calcula consumo semanal según tipo de cultivo, proyecta autonomía hídrica («Te queda agua para 12 días al ritmo actual»), alerta sobre necesidad de recarga antes de quedarse sin reserva, y optimiza cada ciclo de riego para minimizar desperdicio.

Un agricultor que antes regaba «a ojo» o por calendario fijo ahora tiene decisiones basadas en datos precisos, pero sin necesidad de entender algoritmos o leer dashboards técnicos. Solo conversa con su invernadero como conversaría con un vecino experimentado.

El Agua Que No Se Ve: Gestión Hídrica Invisible Pero Crítica

Mientras los cultivos verticales y la IA captaron la atención visual del proyecto, el verdadero corazón de IMBERT es algo menos glamuroso pero absolutamente esencial: un sistema integral de gestión hídrica diseñado para no desperdiciar ni una gota.

En zonas donde el agua llega una vez por semana, el almacenamiento inteligente es la diferencia entre producción continua o colapso. Diseñamos un esquema multicapa:

Capa 1 – Captura: Todo el agua disponible se captura: riego municipal cuando llega, potencial integración futura con atrapanieblas para zonas con camanchaca.

Capa 2 – Almacenamiento estratificado: Tanques separados para agua de riego recirculada (la que ya pasó por las raíces y se recupera), agua fresca de reserva. Sensores de nivel en cada tanque con alertas automáticas.

Capa 3 – Distribución optimizada: Sistemas de riego por goteo de precisión controlados por electrovalvulas. La IA decide cuándo, cuánto regar el cultivo según necesidad real, no por calendario fijo.

Capa 4 – Reciclaje: El agua que escurre de las bandejas superiores se recolecta, filtra y reutiliza.

El resultado: invernaderos que operan con 5-10% del agua que requeriría el mismo cultivo en campo abierto. En números concretos: producir 100 kg de forraje hidropónico consume aproximadamente 50 litros de agua versus 200-300 litros en pastoreo tradicional. Un invernadero de microgerminados de 10 m² puede generar $800,000-$1,500,000 mensuales usando apenas 150-200 litros de agua semanales.

Para una región donde 50 litros diarios por persona es el racionamiento estándar, esta eficiencia no es un lujo tecnológico: es la única forma viable de mantener producción agrícola sin colapsar el suministro humano.

Cerrando la Brecha Digital con Tecnología Invisible

Uno de los mayores miedos que enfrentábamos al presentar IMBERT a agricultores tradicionales era el rechazo tecnológico. «Esto es muy complicado para mí», «yo no sé de computadores», «¿y si se echa a perder y no sé arreglarlo?» eran las respuestas típicas.

Aprendimos que la adopción tecnológica en zonas rurales con brecha digital no se logra con capacitaciones exhaustivas o manuales de 50 páginas. Se logra haciendo la tecnología invisible.

Diversificación Productiva: El Verdadero Poder del Sistema

Una de las lecciones más importantes que aprendimos es que la resiliencia agrícola en zonas áridas no viene de depender de un solo cultivo, sino de poder diversificar según mercado, estación y oportunidad.

El Desierto Puede Florecer

Esta historia comenzó viendo a mi abuela trabajar hasta el agotamiento y a un criancero llorar por sus cabras sacrificadas. Podría haber sido una historia más de derrota frente al cambio climático, de migración forzada, de comunidades rurales condenadas a desaparecer.

Pero elegimos otra narrativa. Elegimos creer que la tecnología —cuando se diseña con empatía, contexto local y enfoque en accesibilidad— puede ser la gran igualadora. Que la inteligencia artificial no es solo para startups de Silicon Valley, sino que puede empoderar a un agricultor de 65 años en Ovalle. Que el cultivo vertical no es solo para invernaderos futuristas en Holanda, sino que puede funcionar en medio del desierto chileno. Que la eficiencia hídrica no es un lujo de países desarrollados, sino una necesidad urgente que podemos resolver con ingenio y determinación.

IMBERT es la prueba viviente de que el desierto puede florecer cuando combinamos tecnología inteligente con conocimiento ancestral, cuando diseñamos para los más excluidos en lugar de los más privilegiados, cuando medimos éxito no solo en rentabilidad sino en familias que recuperan esperanza.

Cada invernadero que instalamos es un voto de confianza en que Ovalle tiene futuro. Cada agricultor que aprende a usar la app es una victoria contra la brecha digital. Cada cabra que come forraje verde producido con 90% menos agua es un pequeño triunfo contra la desertificación.

Y si lo logramos aquí, en una de las zonas más golpeadas por la sequía en Chile, podemos lograrlo en cualquier parte del mundo donde el agua escasea pero la voluntad de producir alimentos permanece intacta.

Porque al final, hacer florecer el desierto no es solo un desafío técnico. Es un acto de resistencia, esperanza y amor por la tierra que nos vio nacer.

Escrito por François Rojo, Ingeniero en Telecomunicaciones, Conectividad y Redes, cofundador de IMBERT, y descendiente de generaciones de agricultores del valle del Limarí. Actualmente desarrolla soluciones de agrotech con IA en Ovalle, Región de Coquimbo.

Mas informaciones en contacto@imbertspa.com o WhatsApp: +56 9 3251 7848

 

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